De como conseguí en la primera semana del mes de Julio, cuando el calor aprieta y el agua empieza a escasear, aprovechando el viaje, por cuestiones de sapiencia de mi hija menor a la Muy Noble y Fidelísima Villa de la Almunia de Doña Godina, dar caza* a unos pájaros, querenciosos de un lugar.
Informándome antes de partir de algún sitio donde poder matar el tiempo de espera, que prometía ser de cuatro o más horas, y teniendo fama de buenos campos, decidí partir al Santuario de la Virgen de Rodanas, que, como la mayoría de los santuarios y ermitas de España, se levantan donde la Virgen se apareció a un pastorcico y que casualmente están en una zona agreste y no fácil de llegar. Después de dejar la carretera se coge un camino malo, yo creo que de herradura, pues se pinchó una rueda con un clavo y supongo que lo perdería algún jumento.
Llegué al santuario, tiene una pequeña balsa con un cisne, unos patos mudos y algún Ánsar Común, pero no se acercan más que los gorriones que anidan en los agujeros de sus viejas paredes.
Vallada la balsa por una tela metálica, tampoco deja apagar la sed a conejos, zorros, jabalíes, corzos y demás mamíferos que promete habitar los hermosos pinares que la circundan.
Formando parte del conjunto de Rodanas, hay también una urbanización de chales, camuflados entre una floreciente vegetación.
Muchos lugares para hacer fuego, pero con un cartel que lo prohíbe, incluso en algunos de los lugares habilitados para ello.
Una cafetería-restaurante cerrada, ¿ese día?, y un olivar centenario impresionante, pero de pájaros, nada interesante, gorriones y estorninos.
Volví hacia La Almunia y recordé que por la carretera vieja de Madrid, la que pasaba por el Parque de Mularroya, ahora cerrada por obras, había unos roquedos que criaban buitres y otros pájaros rupícolas.
Hacía tiempo, años, que no pasaba por esa carretera, pero como me informaba el cartel a los dos kilómetros una valla me cortaba el paso. La presa que estaban construyendo, parada ahora por los recortes de esta España, para corregir ese “vivir por encima de nuestras posibilidades”, se alzaba regular de lado a lado de la montaña con una torre en el centro, que mi hijo podía decirme para que sirve, pues ha construido un par de ellas, pero ahora, como buen español, está en el paro. A su empresa no le pagan y han tenido que hacer un ere, dejando carreteras sin hacer y presas a medio construir.
Bueno a lo que íbamos, que se calientan los dedos y escribes cosas que “no vienen a cuento”.
Aparte de la presa, me fijé que en los cables que iban trascurriendo paralelos a la carretera, había posados abejarucos, esos pájaros que vienen a criar desde África, suelen descansar cerca de sus nidos, así que, pare el coche y empecé a observar el cauce del río Grío. La mayoría del cauce, estaba cubierto con piedras gigantes, muy bien colocadas, lo mismo que sus riberas, pero se acabó el dinero y se dejó de cubrir el cauce y las riberas.
En un lado de esa ribera sin cubrir, las últimas lluvias, en una torrontera natural que iba al río, había formado un pequeño talud, ahí tenían los nidos los abejarucos, pero no acabó ahí mi buena suerte, pues justo enfrente del talud, habían dejado sin colocar unas cuantas piedras grandes del recubrimiento y una de ellas en una cavidad natural en su parte superior, almacenaba una pequeña cantidad de agua, resultante de los últimos chaparrones.
En el coche de un cazador, siempre tiene que haber de todo para su afición, y yo, llevaba más agua, alimenté esa cavidad hasta sus bordes y prepare el escenario para el día siguiente, segundo de los dos que me quedaban para poder si era posible, enviciar más a los pájaros con esa agua.
También coloqué entre las piedras una gran rama seca con la intención, de que fuera posadero de todo pájaro que fuera a hacer uso del agua, ya para beber, ya para el baño, acción que cumplen, si pueden, todos los días.
Se me ha olvidado decir que por el cauce del río, no bajaba ni una gota de agua, así que no sería difícil suponer que los pájaros volverían a bañarse y beber en esa fuente natural que les había proporcionado, la naturaleza y mi agua.
Observé la posición del sol y preparé el suelo donde al día siguiente montaría mi “hide portátil”, de espaldas al talud y mirando al aguadero, el sol saldría por mi derecha y recorrería mi espalda, manteniendo siempre bien iluminada la escena.
Recogí la herramienta que había usado, la garrafa de agua vacía y me dirigí al coche para ir a buscar a mi hija, que ya estaría esperando, eran más de la una del medio día y el sol calentaba como corresponde en un mes de julio.
No se si a vosotros os pasa lo mismo, preparas todo lo que crees necesario para el día siguiente, rellenas el agua de las garrafas, revisas la cámara, compruebas las pilas, dudas de llevarte el flash o no, la cartera, el teléfono, las llaves, ¿tengo que echar gasóleo?, no, creo que no, bueno pues a la cama, ¡¡el despertador!!, bueno mi hija también lo pondrá.
Te acuestas y empiezas a soñar, despierto se entiende, iré….., montaré…., rellenaré…., supongo habrá buena luz, pondré el duplicador, o ¿no?, últimamente no le pongo funda al tele, se la pondré y acudirán los pájaros, creo que vendrán primero ………..
Me despierto, son las cinco de la mañana, todavía quedan dos horas, pero ya es un duerme vela. Parece que no pasa el tiempo y suena el despertador, ¡¡ha llegado el día!!
Un buen desayuno es fundamental para rendir en el trabajo, en el deporte y para aguantar dentro de un hide cuatro o cinco horas, ni te cuento, así que a desayunar y a salir pitando hacia la Almunia, hay que llegar antes de la nueve.
El viaje sin problemas, llegamos bien, mi hija a lo suyo, yo a lo mío.
Carretera cortada por obras en dos kilómetros, nada ha cambiado, antes de llegar al lugar elegido ya veo revolotear algún abejaruco en los cables que circulan paralelos a la carretera, esto promete.
Aparco y bajo por un pequeño terraplén hasta el fondo del cauce del río con la mochila, cargada de redes, la silla, el trípode y los palos del hide, en la mano una garrafa de agua.
Todo está como lo dejé, todavía quedaba un poco de agua en la cavidad de la piedra, la relleno hasta los bordes con la garrafa que llevo y monto el hide, coloco la redes, meto la silla, reviso la rama donde debían de pararse los abejarucos y me voy al coche a coger la mochila con todos los artilugios fotográficos.
Monté como había pensado el duplicador y la funda del tele y a esperar, eran sobre las diez.
Llevaría esperando unos veinte minutos y sentí el primer revoloteo, una Collalba Rubia, se paseó nerviosa por todas las piedras que rodean el “aguadero” hasta que de golpe y porrazo se lanza al baño. No conseguí seguirla con la cámara, eran movimientos rapidísimos y cuando se estaba bañando, pensé que no tenía que haber puesto la funda del tele, ni bloquearlo a la máxima distancia focal, la collalba no me cabía en el visor, estaba demasiado cerca y no podía quitar la funda para variar la distancia focal, los movimientos ahuyentarían a la collalba.
Disfruté de ver esos movimientos convulsivos en el baño y esperé, por si tenía suerte y se atusaba las plumas en el tocador que le había preparado en una rama próxima.
Tuve suerte, se atusó en la rama y pude hacer la primera fotografía. Esta cámara mía, mete algo de ruido al disparar, salió el pájaro, como alma que lleva el diablo.
En el trascurso de todo este avatar, los abejarucos ya habían entrado y salido varias veces de sus agujeros, no permanecían mucho tiempo dentro y la frecuencia no era alta, parecía que estaba alimentando a la pareja y no a pollos hambrientos. No parecía llamarles la atención los palos que les había preparado para reposar de sus incansables vuelos.
Observando la entrada y salida de los abejarucos, llegó otro invitado, era un joven Gorrión Chillón, a ese si lo fotografié y observé que había nacido en un agujero de los abejarucos, estos gorriones suelen coger prestado a los abejarucos los nidos como estos se descuiden. Seguía observando y vi a un adulto entrar en el agujero donde suponía había criado o estaba haciendo una segunda cría.
Oía cantar a una oropéndola, iba recorriendo todos los chopos y nogales de los alrededores, supongo que no tendrá lejos el nido, yo tranquilo, pero los abejarucos solo los veía pasar en su ir y venir de los nidos.
Otro revoloteo y aparece un Alcaudón Común, una hermosa hembra, se para un poco tapada por las ramas secas del posadero, muevo despacio la cámara, enfoco y todos palos delante, esperé, se movió lo suficiente para poder salir volando mejor, pero con mucha suerte ya había disparado, no salió mal.
Serían ya algo más de las doce, sentí un griterío de abejarucos, se acercaron al hide y empezaros a revolotear delante de él como si quisieran entrar, no había visto nunca ese comportamiento, eran seis u ocho y en este revoloteo, empezaron a posarse en el lugar que quería, el posadero. Hasta que no pasó el alboroto, yo quieto, ni pestañear y cuando todo se calmó, había tres posados y a tiro de cámara.
Ni que decir tiene que hubo buena cazata, ya, se fueron yendo y viniendo y se posaban en las ramas preparadas para eso, una de las veces que se fueron todos, salí del hide, recogí las cosas y de camino a casa.
Había buenas noticias, mañana había que venir antes y marchase después.
Tercer y último día para sacarle partido a ese observatorio fotográfico, que como casi siempre, hay que achacarle a la suerte y un poco a la observación y conocimiento de la vida de esos maravillosos seres, que son los pájaros. Me considero más observador que fotógrafo, pero los buenos momentos que se pasa revisando las fotografías, aunque sean malas, no me lo quita nadie.
Llegué como una media hora antes que el día anterior, todo estaba como lo dejé. Los abejarucos ya sobrevolaban el lugar posándose mientras preparaba el hide el las ramas secas de unos chopos cercanos. Rellené el agua, coloqué un poco las ramas del posadero y me sumergí entre las redes del hide.
Coloqué el trípode y esta vez no puse la funda al tele ni lo bloqueé en la máxima longitud focal, pero si monté el duplicador, intenté colocar la silla de manera que estuviera lo más cómodo posible y empezó la espera.
Parecía que había más actividad que ayer, las llamadas y gritos de los abejarucos así como las entradas a los nidos, daban la impresión que sería una buena mañana.
A la media hora de ir y venir a los nidos uno de ellos se dignó posarse en una ramita del posadero, tranquilo, pero el corazón acelerado, no quiero moverme ni mover la cámara, que cojan confianza, ya vendrán otra vez, no hay que ocasionar recelos a la primera llegada. Estuvo como tres o cuatro minutos con lo que parecía una abeja en el pico, viendo las evoluciones de sus compañeros hasta que una pasada de uno de ellos lo hizo volar.
Aproveché el momento para dirigir el objetivo hacia el lugar donde parecía ser la ramita favorita del posadero, esperé. Siempre hay algo en las esperas que te hace el tiempo de espera más ameno o agradable, en este momento, la oropéndola estaba en pleno recital y siempre se tiene la esperanza de que vaya al posadero, pasó cerca pero se posó en un nogal cercano y lejos de mi alcance.
Por fin volvieron los abejarucos, esta vez se posaron hasta tres a la vez, nunca colocados como a mi me hubiera gustado, pero ya empecé a fotografiarlos modificando la distancia focal para encuadrarlos a mi gusto, estuvieron volando y posándose durante bastante tiempo y no tengo queja, aguantaban la pose como “modelos”.
No hacía mucho que se habían ido los abejarucos, y apareció sobre las piedras una Collalba Rubia, seguro que era la que el día anterior no me cabía en la foto, pero ya la estaba esperando, antes de mover la cámara, disminuí la distancia focal, seguro que se iba a bañarse y se bañó y la cogí y esta vez me entró mejor en la foto. La fotografié en el baño y sobre las piedras. Tuve suerte con el siguiente pájaro que se posó en las piedras, este no avisó, apareció de golpe y de golpe se marchó, el Roquero Solitario, una hembra. Casi no tuve que mover la cámara, la tenía en la posición de la última foto de la collalba sobre las piedras no tuve mas que disparar, le hice tres o cuatro fotografías, solo movió la cabeza y voló a unos cercanos roqueros al lado de la presa.
Casi ya no me interesaban los abejarucos, se estaba animando el lugar, ahora oía cantar una Perdiz Roja detrás de mí sobre el talud. Pasaron unos cinco minutos y la vi aparecer a mi izquierda intentando bajar al agua.
Las perdices son increíblemente reacias a volar y esta no iba a ser una excepción, tenía el agua a tres metros debajo de ella e intentaba buscar una bajada a pié en lugar de dar un vuelo, yo esperaba que perdiera el equilibrio y no le quedaría otro remedio que volar, pues no fue así, volvió a subir lo poco que había bajado e intento bajar por otro sitio, la misma faena, no volaba. Hice con la boca un chisteo que algunas veces me ha dado resultado para atraerlas, miró escrutadora pero ella a lo suyo.
Los abejarucos habían desaparecido hasta este crítico momento, vinieron chillando como posesos y le dieron unas cuantas pasadas, no creáis que voló no, sencillamente se alejo indiferente picoteando aquí y allá. No la pude fotografiar.
Me quedé un poco enfadado con ese instinto de territorialidad que tienen, tenemos, todos los seres vivos, unos más acentuado que otros.
Los abejarucos se pararon en las ramas del posadero y terminé el día con buenas fotografías, eso es lo que yo creo y como digo, nadie me puede quitar el placer que proporciona el ver esas fotos y recordar esos momentos vividos.
Y así es como conseguí en esa primera semana del mes de julio, cuando el calor aprieta y el agua empieza a escasear……….
1 Cazar.- Adquirir con destreza algo difícil o que no se esperaba.














