A menudo los fotógrafos de naturaleza realizamos gran parte de nuestro trabajo en el campo, alejados de ciudades y pueblos, incluso realizamos viajes única y exclusivamente para fotografiar una especie, viajes que nos llevan a recorrer escenarios salvajes o espacios naturales únicos, a menudo en el extranjero.
Pero existe otra vida salvaje muy cerca de nosotros, viviendo con nosotros. Una vida salvaje, pero muy ligada al ser humano, sus costumbres y manera de vivir. En algunos momentos su presencia es incontrolada como puede ser en el caso de los estorninos, palomas o algunos roedores. Por otro lado y atendiendo a los cambios medioambientales que suceden en las grandes zonas habitadas y que cada vez son más acentuados respecto al acondicionamiento e integración de los ríos a las ciudades, urbanizaciones con grandes espacios naturales, corredores verdes, …, la comodidad con la que se encuentran algunas especies en este “nuevo hábitat” es total, es el caso de las gaviotas, cormoranes y algunas anátidas., por no hablar de “especies invasoras o no autóctonas” como puede ser el ejemplo de la cotorra argentina en la ciudad de Zaragoza.
Pero en este caso nos vamos a referir a esa otra fauna, más cercana, más imaginada, en definitiva, más rural.
Son estas especies las que normalmente nos pasan desapercibidas y a las que por considerar su presencia entre nosotros cotidiana “menospreciamos” en su captura fotográfica. Algunas poseen una presencia tan íntimamente ligada al hombre que nos es complicado verlas fuera de este hábitat. Tampoco quiere decir esto que fotografiar estos animales sea sencillo, sus fotografías requieren igual preparación o incluso a veces más que especies menos asiduas a lugares habitados. Muchas son de costumbres nocturnas, lechuzas, mochuelos o murciélagos son un claro ejemplo, justo aparecen cuando el hombre desaparece de los escenarios que más tarde son ocupados por ellas. Esto hace que las sesiones de trabajo sean complicadas, trabajar de noche requiere un esfuerzo extra, humano y técnico a la vez. En mayor o menor medida se pierden horas de sueño, se trabaja en lugares precarios, a veces de complicado acceso, pajares, tejados, bodegas, …, con largas esperas. En la mayoría de estas sesiones es necesario el uso de sistemas de disparo a distancia o no presenciales, tipo barrera de infrarrojos o mando a distancia. Esto aumenta la posibilidad de deterioro del material, flashes que se caen, cámaras y trípodes que se mojan o por ponernos en lo peor, equipos que desaparecen en manos de los amigos de lo ajeno. Todo esto no hace sino aumentar la satisfacción personal cuando se logra el objetivo perseguido.
Hay otras especies que nos ofrecen la posibilidad de trabajar durante el día, normalmente es la época reproductiva cuando se muestran más accesibles a nuestros objetivos. Algunas escogen sus nidos en sitios visibles como es el caso de las cigüeñas, otras algo más escondidos, como lo hace el cernícalo, una rapaz muy común en nuestros pueblos y de la que es relativamente fácil ver sus nidos debajo de alguna teja o encima de alguna paca de paja de cualquier paridera de ovejas. La golondrina es otro claro ejemplo de especie fotografiable en época de cría, muy fieles año tras año a los mismos nidos, no son muy esquivas y se acostumbran fácilmente a la presencia de elementos extraños si nos planteamos sesiones de barrera de infrarrojos. Los roedores son animales principalmente nocturnos aunque también es factible trabajar con ellos durante el día si les proporcionamos “un hábitat agradable”. Hay otros mamíferos más esquivos que también son esporádicos visitantes de los núcleos urbanos, el zorro o la gineta son atraídos por las basuras o cumplen fielmente el tópico de visitantes nocturnos de nuestros gallineros, estas especies son mucho más desconfiadas y requieren un trabajo específico y largo en el tiempo.
De cualquier modo, intentar la fotografía de especies urbanas requiere normalmente y como condición indispensable la ayuda del vecino, por decirlo de alguna manera. Será esa persona que o bien conoce los nidos que a menudo año tras año repiten nuestras especies, nos consiguen la llave de la torre de la iglesia o realiza aportaciones de comida periódicas para facilitar las fotografías de determinadas especies. Sin esta figura muchas veces no llegaríamos ni a imaginar determinadas instantáneas, su colaboración se hace más importante si cabe cuando a menudo estas personas ni nos conocen con anterioridad y cuando sus favores a nosotros les causan un trastorno importante en tiempo y a veces material.
Creo sinceramente que lograr notables fotografías en entornos urbanos sin la ayuda de estas personas es muchas veces imposible. Después, nuestra tarea consiste en buscar el encuadre, la postura o la acción que queremos lograr, a veces el sitio buscado tiene unas complicaciones físicas tan grandes que no es posible plantearse sesión alguna.
El mayor consejo a tener en cuenta para la toma de fotografías en entornos urbanos estaría siempre relacionado con la preparación exhaustiva de la sesión con anterioridad, quizá no existan demasiadas oportunidades para realizarla (no siempre nos dejan las llaves de la iglesia cuando queremos). Es necesario consultar las condiciones meteorológicas previstas, probar si el encuadre que buscamos es posible en cuanto a colocación del hide o del equipo con barrera de infrarrojos, colocar a modo de señuelo trípodes o cámaras falsas para que el animal a trabajar se acostumbre poco a poco a la situación y esté más colaborador el día o los días de las sesiones, a veces las condiciones de trabajo en entornos urbanos son más cambiantes y menos previsibles que en campo abierto (a veces el simple hecho de un coche aparcado donde no tenía que estar o la bombilla de una farola que se funde te pueden arruinar el momento). Además conviene ser más bien cauto y discreto a la hora de plantear las sesiones, no avisar a más personas de las necesarias, no todo el mundo se puede sentir cómodo o estar de acuerdo con el trabajo que el fotógrafo de naturaleza realiza.
Y finalmente y quizá lo más importante, saber agradecer a ese vecino colaborador su ayuda, él no espera nada por ello, pero saber recompensar su esfuerzo es nuestro deber. Mostrar el trabajo una vez finalizado, dejar un recuerdo en forma de copia en papel será suficiente, de este modo creamos un vínculo afectivo que nos enriquece como personas y que será necesario para futuros trabajos además de divulgar el conocimiento de nuestras especies urbanas y así lograr un mayor respeto por ellas y por el medio ambiente en general.









