Reflejos de Naturaleza » naturalezaypoesia http://www.asafona.es/revista La revista on-line de ASAFONA Tue, 17 Mar 2015 11:57:22 +0000 en hourly 1 http://wordpress.org/?v=3.3.1 Sotres: Paraíso del fotógrafo de naturaleza http://www.asafona.es/revista/?p=3637 http://www.asafona.es/revista/?p=3637#comments Fri, 05 Apr 2013 20:19:37 +0000 Javier Gutiérrez Palacio http://www.asafona.es/revista/?p=3637 Sotres: Paraíso del fotógrafo de naturaleza

por Javier Gutiérrez Palacio (naturalezaypoesia.es)


   Nadie se baña dos veces en el mismo río. Durante mi paseo matutino alrededor de Sotres me asalta una y otra vez el recuerdo de esta frase de Heráclito. A medida que progresa la mañana, entran las nubes del Sur, y se adueñan del paisaje. Frente a mí se alza el Pico  Boru, una cumbre majestuosa que puedo contemplar sin salir de la casa, acodado en el portón o sentado en el banco de la terraza. Si el rigor del tiempo lo permite, claro. Pero ahora no estoy en la puerta de casa. Recorro una de las pistas que bordea este lado del pueblo, a media ladera del monte Camba. Y hace frío. A lo lejos las crestas de caliza intentan romper las nubes, deshilacharlas, convertirlas en nieblas y pintar una acuarela con sus jirones. A la derecha del Boru puedo entrever el macizo de las Moñas con el impresionante Fresnidiellu, una de las paredes que más deseo escalar.  Adivino sin verlas las Vegas de Sotres. Sé qué están ahí, bajo la Peña Vieja, invisibles ahora a mi mirada. Las he visto otras veces. Pero el paisaje es hoy diferente al paisaje de ayer, cuando caminaba bajo la lluvia, o al de aquél otro día de sol, o al de tantos días y tantas luces distintas. Porque Sotres ofrece un espectáculo continuamente cambiante. Parafraseando a Heráclito el Oscuro, no contemplamos dos veces el mismo paisaje, el paisaje es cada día el mismo y es distinto. De la misma forma que nosotros, también, somos y no somos los mismos.

Al volver a casa no puedo resistirme a escribir este poema:

Paseo frente al Boru
Mañana de nieblas
El paisaje es el mismo y es distinto
 
 
 

 

   Hace frío. Es de noche y es Sotres. Duelen los dedos al manipular desnudos la cámara. Al desplegar el trípode pienso que se me van a quedar pegados al metal. Y un ligero viento repentino me roba el calor del cuerpo. Pero escucho el sonido del trípode al apoyarlo en la nieve y comienzo a sentirme bien. Ajusto los parámetros de la cámara. Es difícil actuar con precisión, con pausa. No importa. Nada importa cuando contemplo Orión sobre el Pico Boru, las nubes que el viento ha alargado, el faldón de nieve más cercano, iluminado ligeramente por las luces de tungsteno del pueblo.  Y en primer plano las ramas casi desnudas de un árbol cercano al aparcamiento.  Es de noche y es Sotres y hace frío. Afortunadamente estoy a un centenar escaso de metros de casa. Todo este paisaje nocturno, esta pequeña aventura, en la puerta de casa.  Cansado de hacer fotos recojo mi equipo. Y vuelvo al calor de la cocina de leña y a los gatos dormidos y al sueño y al olvido de la noche de afuera.

 

Fotografía nocturna
Sotres nevado
El calor de  la cocina de leña

  

 

   Llegar a Sotres es ingresar un mundo de sensaciones. Parece que cada rincón del pueblo, de los valles, de las montañas nos llame por nuestro nombre, pidiéndonos que contemplemos su belleza. Es tan fácil hacer fotos aquí. Pero también hay presencias que no se ven, que flotan en el aire, que casi se respiran. Al llegar a Sotres el viajero siente. Y presiente.

   Siente el toque color que imprimen las casas en el paisaje de nieve, esos días plomizos que amenazan con lentas e interminables nevadas. Es tan fácil enamorarse de las casas de piedra, de las callejas, caleyas las llaman allí, nevadas. O enamorarse de la luz que alegra las majadas de la Caballar, el cielo azul intenso y el suelo verde, muy verde, cuando se ha retirado la nieve.

   El viajero se admira cuando entra en el establecimiento La Gallega, donde puede comer una auténtica fabada, o tomar un vino, o comprar una tetera, o calcetines de lana o un reloj. O cualquier cosa, en fin. Se trata de un chigre, algo así como un bar tienda, muy frecuente antaño en los pueblos de Asturias. Y allí mismo, o en cualquier otro de los establecimientos del pueblo, puede saborear el queso de Cabrales, auténtico motor económico de la zona, junto al turismo.

   Y por supuesto siente el aroma de la primavera, la espectacular floración de las plantas adaptadas a estas altitudes, algo más de mil metros sobre el nivel del Cantábrico. Puede disfrutar del vuelo del ratonero busardo que vigila el aparcamiento atentamente, y de una rica variedad de aves, algunas tan excepcionales, como el ampelis europeo, avistado en la zona en diversas ocasiones.  Tampoco es difícil ver, en invierno, a los rebecos en los prados que rodean al pueblo, o a los raposos recorriendo las calles en la noche.

   Pero no todo está a la vista. Quien se acerca a Sotres percibe de alguna forma la presencia del lobo. Y es que realmente los lobos viven a muy corta distancia. Algunas noches que se acercan a las lindes del pueblo es posible constatar el miedo de los perros. Ni siquiera es demasiado difícil encontrar sus huellas, sus deposiciones. Basta con tener vocación de caminante que se aleja de los caminos más transitados. Y observar. Más difícil es verlos, si la casualidad no te lleva a encontrarlos en la lejanía. En el pueblo casi todos se han topado con alguno, alguna vez. Incluso desde las casas del pueblo, me contaron, en una ocasión se vio a dos lobos atacando a las cabras. Aunque el fotógrafo que quiera verlos tendrá que conocer los  pasos que frecuenta, preguntando quizá a algún viejo pastor, de los de antes, los de andar a pie con un ojo puesto en el ganado y otro en todo lo que ocurre en el monte.

 

   Pero el viajero se deja envolver, sobre todo,  por la promesa del Picu Urriellu, al que allí todos llaman simplemente el Picu. Más allá de estas montañas se le llama, para disgusto de los cabraliegos, Naranjo de Bulnes. Para verlo hay que subir un poco, justo enfrente del pueblo, a las majadas de Pandébano. O visitar los miradores de Carreña, o el mejor de Muniama, o incluso alejarse hasta la sierra de Cuera, que en esta zona se interpone entre  los Picos de Europa y el mar. O emprender la larga caminata  hasta el refugio.  El Picu, con su poderosa personalidad,  está siempre presente, presentido, en Sotres, en la mirada de sus gentes, en sus palabras, formando casi parte de su memoria colectiva.

   Así se presenta Sotres a quien llega a visitarlo. Ofreciendo. Con el corazón abierto de sus gentes. Con la bienvenida de la naturaleza que cambia y permanece, que es siempre la misma y distinta. Un lugar que invita a la contemplación. A la fotografía, que en definitiva no es sino contemplación detenida.

 

El viajero en Sotres
Contempla el paisaje
Detiene el tiempo
 
 
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Fotografía de naturaleza y haiku http://www.asafona.es/revista/?p=3614 http://www.asafona.es/revista/?p=3614#comments Fri, 05 Apr 2013 20:00:20 +0000 Marta Josa Lens http://www.asafona.es/revista/?p=3614 Fotografía de naturaleza y haiku

Por Javier Gutiérrez Palacio (naturalezaypoesia.es)

 

 
Asombro
Una hoja
El dibujo del hielo

 

El haiku es un poema breve que expresa generalmente la admiración o el asombro ante una escena de la naturaleza:

 

Un viejo estanque
Salta una rana
Ruido de agua

 

Es éste seguramente el haiku más conocido, obra de Matsuo Basho, a quien suele considerarse el iniciador del género allá hacia el Siglo XVII en Japón. Desde entonces y hasta la actualidad el haiku se ha extendido por todo el mundo.

En ocasiones estos poemas traspasan la mera descripción de los detalles cotidianos y, aunque huyen de la subjetividad, llegan a expresar estados de ánimo y emociones, como en el siguiente  haiku del  haijin (poeta de haiku) Guekkio:

 

Todos los años
Sufro distinto al ver
Marcharse la primavera

 

 Con frecuencia contienen una referencia a la estación, lo que se indica mediante una palabra clave llamada kigo. En el poema anterior la primavera.

Se trata de composiciones sencillas que buscan la máxima simplicidad. Una dificultad particular que tenemos los occidentales para interpretarlos es nuestra tendencia a asociar poesía y metáfora. Si queremos acercarnos a la esencia de los haiku deberemos comprender que en ellos no hay metáforas. Simplemente pretenden reflejar con naturalidad algo que está ocurriendo “aquí y ahora”, un instante, una escena de la naturaleza: “lo que está sucediendo en este lugar, en este momento”, nos dicen los haijin del siglo XVII. De hecho el tiempo verbal predominante es el presente. Por ejemplo en el poema de Yosa Buson:

 

 Viento del atardecer
Se ondula el agua
Alrededor de la garza

 

 Los haiku se acompañaron en ocasiones de pinturas haiga, herederas del espíritu de los monjes zen. Poema y pintura se integraban de forma natural en una única composición. Esta proximidad entre ambas artes resulta particularmente sugestiva para el aficionado a la contemplación de la naturaleza, y cómo no, para el fotógrafo de naturaleza. Es fácil encontrar una estrecha correlación entre haiku y fotografía de naturaleza. Ambas formas expresivas intentan captar un instante de la naturaleza (pensemos que llamamos a las fotos “instantáneas”) y ambas dejan entrever en muchas ocasiones la admiración y la emoción del creador. Resulta natural entonces agrupar poema y fotografía en un mismo espacio expresivo. Precisamente esa integración es lo que persigo con mis fotopoemas, composiciones integradoras de fotografía y poema.

En mis paseos por la naturaleza me gusta perderme sin rumbo fijo ni ideas preconcebidas acerca de lo que voy a fotografiar. Y observar. Me detengo frecuentemente y me pregunto: ¿qué hay aquí que no estoy viendo y que me llenaría de emoción si consiguiese darme cuenta de que está? Muchas veces ponerme a fotografiar significa perderme en un mundo distinto, suspendido el pensamiento, ajeno a todas las cosas que no estoy fotografiando. Significa comprender de forma intuitiva lo que estoy mirando, sus formas, sus colores, su armonía. Asombrarme. Con la actitud y el estado receptivo propios de un haijin en plena contemplación de la naturaleza. La siguiente foto la tomé en un paseo matutino, admirado por las gotas de rocío prendidas de una telaraña. La poeta bonaerense Elena de San Telmo, al contemplar la imagen, escribió el precioso haiku que la acompaña:

 

 

 
Teje la araña
con perlas de rocío
la telaraña.
 

Este tiempo de inmersión en la fotografía es un tiempo gratificante que me reconcilia con el mundo. Tras haber terminado de disparar, me quedo absorto, dejando reposar mi experiencia, saboreándola. Más tarde intento reconstruirla con palabras. A veces redacto un texto descriptivo, donde expongo de forma sencilla lo que he visto, lo que estaba ocurriendo “aquí y ahora”, acompañado quizá de alguna consideración más o menos literaria, alguna reflexión, acaso algún recuerdo. Y,  finalmente, consigno mi estado ánimo tras el encuentro, el registro de mi asombro.  Vuelvo a contemplar la imagen, leo el texto recién escrito, y redacto algunos breves versos que capturen la esencia de mi experiencia. Un ejemplo de todo esto es el siguiente conjunto imagen – texto – haiku, escrito en un paseo un día de viento al filo de la primavera:

 

El viento ha traído las flores del almendro hasta el aljibe. Después de esta lluvia de pétalos se mostrará por fin la esquiva primavera, como ocurre año tras año. Emocionado por esta renovación de la vida, me siento junto al camino y escribo este poema:

Flores del almendro 
En el aljibe
Viento de primavera

 

En algunas ocasiones he seguido el camino inverso, escribiendo en primer lugar el haiku, fotografiando posteriormente la escena y redactando al fin el texto descriptivo:

Hoja de otoño
Atrapada en el cristal
Del río helado

 

 

Escribí el haiku pensando que pronto llegarían las primeras heladas. Mi mente estaba llena de los colores del otoño, de la intensidad de la naturaleza antes del letargo del inverno. Hay un momento, unos días, quizá unas horas, en que el esplendor del otoño pervive cristalizado en los remansos de hielo. Dos mundos cruzándose fugaces, colores fríos y cálidos, azules y grises, rojos y amarillos. Más tarde el paisaje se vuelve blanco y todo queda en calma.

 

 Los días siguientes a la redacción del poema tuve la oportunidad de recorrer los cursos de agua de los altos valles del pirineo central. Por las noches la temperatura rozaba los diez grados bajo cero. Los días eran claros y limpios, el cielo azul intenso. El agua helada mostraba como una vitrina de cristal sus tesoros de hojas otoñales, todavía brillantes, de colores intensos. Y más tarde, el sol. El sol en la mañana fría, un comienzo de deshielo que al caer la tarde se interrumpía casi bruscamente. En mis paseos intentaba atrapar esa luz dorada, fotografiar ese mundo increíble. Casi feliz, aunque dominado por el ansia de atrapar la belleza con mi cámara de fotos. Días llenos de vida al final del otoño.

Supe entonces, sé ahora, que poema y fotografía forman parte de un mismo intento. Mis fotopoemas son, quizá, dos lenguajes que hablan de una misma emoción, la emoción indefinible de la naturaleza, de sus significados y relaciones ocultas. Un intento de mostrar la belleza de las cosas. Pero también una mirada en los espejos del agua, del hielo. Un viaje interior. En mi alma viven hojas de colores alegres.

Ciertamente la fotografía de naturaleza, la poesía, es para mí un viaje interior. Más allá de la contemplación, más allá de la emoción, un camino. Una forma de reconciliarme con el mundo. Y reconocerme. Y aceptarme:

 

 

Contempla el agua
Refleja los colores
De tu alma
 
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