Reflejos de Naturaleza » Paisajes http://www.asafona.es/revista La revista on-line de ASAFONA Tue, 17 Mar 2015 11:57:22 +0000 en hourly 1 http://wordpress.org/?v=3.3.1 DE ESTACA DE BARES AL CABO ORTEGAL (1) http://www.asafona.es/revista/?p=4548 http://www.asafona.es/revista/?p=4548#comments Fri, 31 Jan 2014 22:00:59 +0000 Marta Josa Lens http://www.asafona.es/revista/?p=4548

Playa salvaje. A la derecha Pena Furada en la zona de Rubido. Al fondo el Cabo Ortegal.

Llevo mucho tiempo viajando a Galicia verano tras verano y algún año, si puedo, también me acerco en invierno, pero siempre a mi rincón, a mi Galicia más salvaje, al Ortegal. Y en todos esos viajes me dedico a recorrer esos mágicos lugares que liberan el alma y agrandan el corazón, acantilados extremos, playas salvajes, vistas deslumbrantes, así son mis rincones, allí se queda parte de mi todos los años, en algún lugar entre Estaca de Bares y Cabo Ortegal.

Voy a empezar mi viaje en el punto más norteño de España, en el Cabo de Estaca de Bares. Allí nos recibe uno de los faros mas representativos de Galicia, en una costa castigada por los temporales, y que cuenta en su historia con muchos de los grandes naufragios, este faro es la luz que guía a marinos y navegantes hacia nuevas aguas, justo ahí abajo, a los pies del acantilado, se unen Mar y Océano, Cantábrico y Atlántico, ante la mirada de la Ría de Ortigueira, y del Cabo Ortegal, que franquea a la ría por su lado oeste, y en la oscuridad de la noche, como dos grandes colosos, los faros se hacen guiños, como queriéndose recordar que están en el mejor lugar de la Península.

Faro de Estaca de Bares (A Coruña)

En Estaca de Bares se instaló uno de los primeros parques eólicos de la Península y junto a él, estuvo ubicada una base militar americana de comunicaciones que hace años se abandonó y que poco a poco el paso del tiempo está destruyendo. Pero no sólo marines y marinos son los habituales de dicho cabo, miles de aves pasan por allí en sus migraciones, hacia el norte en primavera, hacia el sur en otoño, por lo que convierte el lugar en uno de los mejores puntos de seguimiento para la migración de las aves, un lugar idílico para el ornitólogo. En la actualidad se ubica allí un observatorio ornitológico.

Es interesante también admirar sus acantilados, donde podemos ver las pequeñas playas, prácticamente inaccesibles por tierra, en las que se acumulan piedras totalmente redondeadas por la fuerza del mar.

Playa de cantos rodados en los acantilados de Estaca de Bares.

Pero vamos a seguir camino, y no sin hacer un alto para admirar el puerto natural donde se fundó, según los últimos estudios, ya en la época de los fenicios, un pequeño pueblo llamado Porto de Bares. Allí podemos admirar el puerto, formado por la acumulación de grandes piedras redondeadas que las corrientes y la fuerza del mar fueron acumulando, fabricando de forma natural, una pequeña bahía refugio de pescadores. Es un buen lugar en el que hacer una parada para reponer fuerzas, tomando una buena taza de ribeiro o un vaso de albariño con unas sardiñas asadas o para los más pudientes con unos buenos percebes.

Porto de Bares. Las piedras están ahí acumuladas de forma natural.

Habiendo disfrutado de la singularidad del puerto, nos dirigiremos a Loiba, en el concello de Ortigueira, concretamente a O Picón, donde, por cierto, se rodó, entre otras, la película “Matías juez de línea”. Lo primero que podremos admirar desde el acantilado es su playa, que como en muchas de las del norte, varía muchísimo de aspecto según esté la marea, playas prácticamente inexistentes cuando hay grandes mareas, se transforman en grandes arenales en el momento de la bajamar. Desde allí seguiremos por la costa donde nos encontraremos con una de las mejores vistas de los acantilados.

Puesta de sol en el Cabo Ortegal vista desde la costa de Loiba (Ortigueira).

Hace unos años, el ayuntamiento, al igual que en otros puntos de la costa, instaló un banco, tras el cual, alguien, con esa manía que tienen algunos de dejar su marca allí donde van, de que las cosas en inglés suenan mejor y con una errónea traducción literal del inglés escribió, “The best bank of de world”, y poco a poco la frase y el banco se hicieron famosos, salió en la prensa cuando a un famoso barítono de la zona, Borja Quiza, le hicieron una entrevista desde allí y ya le denominaron “O mellor banco do mundo”, luego salió en el anuncio de una conocida marca gallega de leche y ya hace unos meses lo descubrió una conocida empresa de muebles, así que ha pasado de ser “santuario de tranquilidad” a “capilla de paso”, pero con gente o sin gente, desde allí se pueden ver las más espectaculares puestas de sol imaginables.

Haciendo fotografías nocturnas en "O mellor banco do mundo" en la costa de Loiba. Al fondo el Cabo Ortegal y las luces son de Cariño. Fotografía de Álvaro F. Polo.

A la vuelta, si estamos en verano, no se puede dejar de hacer una visita al “Chiringuito de Farro”, sin duda el mejor situado del mundo, no hace falta que os diga donde está porque lo veréis sin problema.

Por toda la costa de Loiba y hasta llegar a Espasante se encuentran playas solitarias y formaciones rocosas originales. Entre ellas me gustaría destacar la playa de las Algas, donde cuando baja la marea las “algueiras” bajan y recolectan la cosecha marina, y no, no estoy hablando de los percebes, que también, sino de otro duro trabajo que desde hace muchos años se viene haciendo en la zona, la recolección de algas para la venta a indústrias farmacéuticas y alimentarias. Cuando las mareas son vivas, es cuando el nivel del mar baja más y es entonces cuando estas trabajadoras del mar recolectan las algas que cargan en sus burros que, por el zigzagueante sendero, las suben hasta arriba del acantilado.

Camino por el que se transportan las algas.

 

Si seguimos por la costa hacia Espasante, disfrutaremos de playas de arena prácticamente salvajes a las que es prácticamente imposible bajar. Pequeños senderos abiertos entre tojales y acantilados es lo que nos encontramos cuando intentamos llegar.

Gaviotas en la playa.

Seguiremos camino hasta Espasante, pasaremos por Ladrido para llegar a Ortigueira y nos iremos hasta el Cabo Ortegal pasando por Cariño. Pero eso lo dejamos para más adelante.

Continuará….

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LAS NIEBLAS O “BOIRAS”, INGREDIENTE DELICIOSO DE CUALQUIER PAISAJE http://www.asafona.es/revista/?p=3930 http://www.asafona.es/revista/?p=3930#comments Thu, 01 Aug 2013 19:57:25 +0000 Eduardo Viñuales Cobos http://www.asafona.es/revista/?p=3930 Cuando las nubes rozan el tapiz de la tierra

 La niebla tapa, oculta, esconde, impide la visión del paisaje –aunque sea parcialmente-… y sin embargo este “inconveniente” meteorológico puede constituirse en el ingrediente delicioso para cualquier fotógrafo de la Naturaleza que desee obtener una foto diferente, original…

La niebla es algo genial, y por eso os quería hablar de ella.

Esta entrada va de meteorología…

La tierra tiene un momento mágico, especial, cuando las nubes que flotan en el cielo deciden tomar tierra y rozar el suelo. Nubes bajas que nosotros denominamos “nieblas” y que en muchos puntos de Aragón conocen como “boiras”.

La niebla no es otra cosa que la formación de nubes próxima al suelo, y como tales se forma por un efecto llamado “condensación”. Lo explicaremos. El aire sólo puede retener cierta cantidad de agua. Esta cantidad varía según la temperatura del aire: cuanto más caliente está el aire, más vapor de agua resulta capaz de retener. Pero cuando el aire no puede retener más vapor de agua se dice en términos especializados que ha alcanzado el punto de saturación o que está saturado. Entonces el agua del aire empieza a condensarse, es decir, a formar un líquido. La temperatura en la que este fenómeno produce da lugar a lo que los meteorólogos llaman “punto de rocío”. Si la condensación se produce a nivel del suelo esas gotitas forman el rocío o, a bajas temperaturas, la escarcha helada con cristales de hielo.

Gotas en una telaraña por efecto de la niebla

Las nubes se forman cuando hay una condensación por encima de la superficie de la Tierra. Una nube, aunque no lo veamos, está compuesta por cientos de millones de gotas o cristales de agua. Si esta condensación o sublimación se produce cerca del suelo, se generan entonces las nieblas.

Amanecer en la laguna de Gallocanta

Antes de seguir explicando, diremos que hay varios tipos de nieblas: de advección, orográficas y de irradiación, que son las más frecuentes, llamadas así por que son consecuencia del enfriamiento del suelo por irradiación. Esto sucede cuando el calor absorbido por la superficie de la tierra durante el día se irradia de nuevo hacia la atmósfera. Este tipo de niebla tiene un grosor variable, de entre 1 y 300 metros, y el efecto más notorio que produce es el de la falta de visibilidad. Si la visibilidad oscila entre 1 y 2 kilómetros, ya no es niebla sino “bruma” o “neblina”. Esta niebla es la que se disipa poco después del amanecer, a medida que los rayos solares calientan el suelo. En los valles, la niebla se forma cuando entra el aire frío y, por la noche, con el descenso de temperaturas, éste se enfría más, condensándose la humedad existente, es decir, alcanzando el punto de condensación. Por otra parte, la niebla ascendente que habremos visto y vivido en muchas laderas se forma cuando sube aire cálido y húmedo por una montaña, hasta alcanzar un nivel en el que se enfría. También hay quien dice la fórmula de: pantano más valle encajonado igual a niebla invernal, matemática bien conocida en lugares como los pueblos próximos a Barasona o El Grado.

Mar de nubes bajo el Midi d'Ossau, Parque Nacional de los Pirineos

Otra cosa muy diferente es la llamada “calima”, término que se utiliza para referirse a la suspensión de partículas sólidas en el aire, que consisten en polvo o arena fina arrojada por vientos a veces turbulentos.

Un amigo meteorólogo, Francho Beltrán, me explica que en el vocabulario popular altoaragonés encontramos varias acepciones de boiras: boira baixa –cuando es de valle-, cargada o boirón –nube grande y densa, lo que sería un cúmulo-, dorondonera o gebradora –niebla heladora-, pinchadora –niebla llovedora- y preta –cuando es muy densa, con muy poca visibilidad-.

Rebaño de ovejas bajo un gran roble

El naturalista sabe que hay plantas y bosques cuya existencia está, en parte, condicionada por la presencia de la niebla. Las hayas o “faus” que crecen en las montañas y valles más húmedos del norte de Aragón son un ejemplo claro. Para ilustrar o explicar este hecho, dicen los ingenieros de montes que “a este árbol, al haya, le gusta tener la cabeza mojada y los pies secos”.

Hayedo mágico

En el valle del Ebro, las nieblas que penetran por el fondo de la depresión avanzan lentamente de forma ascendente, pudiendo permanecer en el invierno largos días estancadas, llegando a condicionar la presencia de unas especies y otras de plantas o bosques en función de la altitud, y llegando a condicionar el orden lógico de los pisos de vegetación, dando lugar a los que en el argot se llama “inversión térmica”: las sabinas –que resisten mejor las temperaturas bajas- están en el fondo del valle del Ebro, mientras que los pinos y otras especies termófilas –más amantes del calor, ya que detestan las fuertes heladas- son los que trepan hacia el sol de invierno por las laderas de la Sierra de Alcubierre.

Magia en el bosque de hayas

Las nieblas forman parte del escenario de mitos o leyendas populares de nuestra provincia… y, además, siempre son capaces de darle un cierto halo algodonoso de misterio al paisaje natural tan sobrecogedor que tenemos la suerte de disfrutar… y, en nuestro caso, de fotografiar.

 

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Fotografía de naturaleza y haiku http://www.asafona.es/revista/?p=3614 http://www.asafona.es/revista/?p=3614#comments Fri, 05 Apr 2013 20:00:20 +0000 Marta Josa Lens http://www.asafona.es/revista/?p=3614 Fotografía de naturaleza y haiku

Por Javier Gutiérrez Palacio (naturalezaypoesia.es)

 

 
Asombro
Una hoja
El dibujo del hielo

 

El haiku es un poema breve que expresa generalmente la admiración o el asombro ante una escena de la naturaleza:

 

Un viejo estanque
Salta una rana
Ruido de agua

 

Es éste seguramente el haiku más conocido, obra de Matsuo Basho, a quien suele considerarse el iniciador del género allá hacia el Siglo XVII en Japón. Desde entonces y hasta la actualidad el haiku se ha extendido por todo el mundo.

En ocasiones estos poemas traspasan la mera descripción de los detalles cotidianos y, aunque huyen de la subjetividad, llegan a expresar estados de ánimo y emociones, como en el siguiente  haiku del  haijin (poeta de haiku) Guekkio:

 

Todos los años
Sufro distinto al ver
Marcharse la primavera

 

 Con frecuencia contienen una referencia a la estación, lo que se indica mediante una palabra clave llamada kigo. En el poema anterior la primavera.

Se trata de composiciones sencillas que buscan la máxima simplicidad. Una dificultad particular que tenemos los occidentales para interpretarlos es nuestra tendencia a asociar poesía y metáfora. Si queremos acercarnos a la esencia de los haiku deberemos comprender que en ellos no hay metáforas. Simplemente pretenden reflejar con naturalidad algo que está ocurriendo “aquí y ahora”, un instante, una escena de la naturaleza: “lo que está sucediendo en este lugar, en este momento”, nos dicen los haijin del siglo XVII. De hecho el tiempo verbal predominante es el presente. Por ejemplo en el poema de Yosa Buson:

 

 Viento del atardecer
Se ondula el agua
Alrededor de la garza

 

 Los haiku se acompañaron en ocasiones de pinturas haiga, herederas del espíritu de los monjes zen. Poema y pintura se integraban de forma natural en una única composición. Esta proximidad entre ambas artes resulta particularmente sugestiva para el aficionado a la contemplación de la naturaleza, y cómo no, para el fotógrafo de naturaleza. Es fácil encontrar una estrecha correlación entre haiku y fotografía de naturaleza. Ambas formas expresivas intentan captar un instante de la naturaleza (pensemos que llamamos a las fotos “instantáneas”) y ambas dejan entrever en muchas ocasiones la admiración y la emoción del creador. Resulta natural entonces agrupar poema y fotografía en un mismo espacio expresivo. Precisamente esa integración es lo que persigo con mis fotopoemas, composiciones integradoras de fotografía y poema.

En mis paseos por la naturaleza me gusta perderme sin rumbo fijo ni ideas preconcebidas acerca de lo que voy a fotografiar. Y observar. Me detengo frecuentemente y me pregunto: ¿qué hay aquí que no estoy viendo y que me llenaría de emoción si consiguiese darme cuenta de que está? Muchas veces ponerme a fotografiar significa perderme en un mundo distinto, suspendido el pensamiento, ajeno a todas las cosas que no estoy fotografiando. Significa comprender de forma intuitiva lo que estoy mirando, sus formas, sus colores, su armonía. Asombrarme. Con la actitud y el estado receptivo propios de un haijin en plena contemplación de la naturaleza. La siguiente foto la tomé en un paseo matutino, admirado por las gotas de rocío prendidas de una telaraña. La poeta bonaerense Elena de San Telmo, al contemplar la imagen, escribió el precioso haiku que la acompaña:

 

 

 
Teje la araña
con perlas de rocío
la telaraña.
 

Este tiempo de inmersión en la fotografía es un tiempo gratificante que me reconcilia con el mundo. Tras haber terminado de disparar, me quedo absorto, dejando reposar mi experiencia, saboreándola. Más tarde intento reconstruirla con palabras. A veces redacto un texto descriptivo, donde expongo de forma sencilla lo que he visto, lo que estaba ocurriendo “aquí y ahora”, acompañado quizá de alguna consideración más o menos literaria, alguna reflexión, acaso algún recuerdo. Y,  finalmente, consigno mi estado ánimo tras el encuentro, el registro de mi asombro.  Vuelvo a contemplar la imagen, leo el texto recién escrito, y redacto algunos breves versos que capturen la esencia de mi experiencia. Un ejemplo de todo esto es el siguiente conjunto imagen – texto – haiku, escrito en un paseo un día de viento al filo de la primavera:

 

El viento ha traído las flores del almendro hasta el aljibe. Después de esta lluvia de pétalos se mostrará por fin la esquiva primavera, como ocurre año tras año. Emocionado por esta renovación de la vida, me siento junto al camino y escribo este poema:

Flores del almendro 
En el aljibe
Viento de primavera

 

En algunas ocasiones he seguido el camino inverso, escribiendo en primer lugar el haiku, fotografiando posteriormente la escena y redactando al fin el texto descriptivo:

Hoja de otoño
Atrapada en el cristal
Del río helado

 

 

Escribí el haiku pensando que pronto llegarían las primeras heladas. Mi mente estaba llena de los colores del otoño, de la intensidad de la naturaleza antes del letargo del inverno. Hay un momento, unos días, quizá unas horas, en que el esplendor del otoño pervive cristalizado en los remansos de hielo. Dos mundos cruzándose fugaces, colores fríos y cálidos, azules y grises, rojos y amarillos. Más tarde el paisaje se vuelve blanco y todo queda en calma.

 

 Los días siguientes a la redacción del poema tuve la oportunidad de recorrer los cursos de agua de los altos valles del pirineo central. Por las noches la temperatura rozaba los diez grados bajo cero. Los días eran claros y limpios, el cielo azul intenso. El agua helada mostraba como una vitrina de cristal sus tesoros de hojas otoñales, todavía brillantes, de colores intensos. Y más tarde, el sol. El sol en la mañana fría, un comienzo de deshielo que al caer la tarde se interrumpía casi bruscamente. En mis paseos intentaba atrapar esa luz dorada, fotografiar ese mundo increíble. Casi feliz, aunque dominado por el ansia de atrapar la belleza con mi cámara de fotos. Días llenos de vida al final del otoño.

Supe entonces, sé ahora, que poema y fotografía forman parte de un mismo intento. Mis fotopoemas son, quizá, dos lenguajes que hablan de una misma emoción, la emoción indefinible de la naturaleza, de sus significados y relaciones ocultas. Un intento de mostrar la belleza de las cosas. Pero también una mirada en los espejos del agua, del hielo. Un viaje interior. En mi alma viven hojas de colores alegres.

Ciertamente la fotografía de naturaleza, la poesía, es para mí un viaje interior. Más allá de la contemplación, más allá de la emoción, un camino. Una forma de reconciliarme con el mundo. Y reconocerme. Y aceptarme:

 

 

Contempla el agua
Refleja los colores
De tu alma
 
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Somontano de Barbastro http://www.asafona.es/revista/?p=3506 http://www.asafona.es/revista/?p=3506#comments Thu, 30 Aug 2012 23:57:45 +0000 Julián López http://www.asafona.es/revista/?p=3506

La comarca del  Somontano de Barbastro se sitúa en la zona central de la provincia de Huesca, extendiéndose entre las sierras exteriores del Pirineo y las vastas llanuras monegrinas. Su nombre hace referencia al hecho de que la mayor parte del territorio se sitúen en el piedemonte de las sierras prepirenaicas.

Es una comarca variada en paisajes, rica en historia y en patrimonio cultural, además de ser un paraíso para los amantes de la aventura y la naturaleza.

Os presento una galería de fotografías tomadas en los alrededores de Salas Altas en el mes de mayo de este año.

Texto: www.somontano.org

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Montañas del alto valle del Cinca http://www.asafona.es/revista/?p=3275 http://www.asafona.es/revista/?p=3275#comments Wed, 11 Apr 2012 11:46:02 +0000 Chavi http://www.asafona.es/revista/?p=3275

Tres Sorores y Tres Marías y barranco de La Pardina desde La Estiva

Las altas montañas del valle del río Cinca guardan algunos de los rincones más fotogénicos y carismáticos de todo el Pirineo.
El río Cinca y sus primeros tributarios: Barrosa, Cinqueta, Irués, Yaga y Bellos forman bonitos valles en el sector oriental de la comarca de Sobrarbe. Son, por este orden, los valles de Pineta, Barrosa, Chistau, Irués y La Valle, Escuaín y Añisclo.

A pesar de que resido hace ya muchos años en Zaragoza, el haber nacido en Ainsa me ha permitido ir conociendo estas montañas desde la niñez y recorrerlas sin prisas a lo largo de los años. En este artículo me centraré en las montañas y altos picos de esta parte del Pirineo, tratando de enumerar aquellos lugares más fotogénicos y accesibles, que constituyen excelentes atalayas para observar a estas montañas en su plenitud.

Castillo Mayor desde los prados de Sensa

Cuando fotografiar las montañas
La mayoría de las personas visitan estas montañas bien entrado el verano, especialmente en agosto. Es lógico, es cuando la mayoría tenemos vacaciones y cuando son más accesibles por la ausencia de nieve. A mí, particularmente, es cuando menos me gustan, pues además de encontrarnos con muchos otros visitantes, las veremos secas, sin nieve, y no parecen verdaderas montañas.

En otoño, o a veces al inicio del invierno, pequeñas nevadas tiñen de blanco los picos, mientras que las pistas y sendas de aproximación están despejadas de nieve y permiten ascender con facilidad. Además, la atmósfera suele estar más limpia que en el verano y hay mucho menos riesgo de tormentas eléctricas o de agua. Para mí esta es la época ideal para intentar pillar algún amanecer o atardecer, ya que además amanece tarde y así el madrugón no es tan severo y nos permite descansar mejor. Los buenos fotógrafos dormirán en la montaña para ver las primeras luces, pero yo, particularmente, siempre he sido perezoso para ello y actualmente mis obligaciones familiares me lo impiden.

Panorama del valle de Pineta desde La Estiva

Si los dos momentos mejores del día son el amanecer y el atardecer, generalmente en la montaña hay más bonitos amaneceres que atardeceres, ya que las nubes y brumas ascienden a medida que transcurre el día. Pero bueno, el amanecer siempre tiene el riesgo de madrugar para encontrarlo todo encapotado, pues ya sabemos que en las montañas los cambios atmosféricos son muy rápidos. De todas formas, la elección de amanecer o atardecer dependerá de nuestras posibilidades de tiempo disponible y de la orientación de las montañas que queremos fotografiar: nada mejor para ello que planificarlo previamente en un mapa.

La otra época más bonita para contemplar las montañas es el final de la primavera e inicios del verano, especialmente el mes de junio y también el de julio. De nuevo la montaña es más fácilmente accesible, y el verdor de los valles primaverales contrasta con la nieve de las alturas. Es verdad que en esta época últimamente asciendo poco a los altos valles y montañas, pues la primavera depara miles de posibilidades, siempre repleta de flores, insectos, pájaros, siempre falta tiempo para tantos proyectos.

Atardece en Tres Marías desde las cercanías de Cuello Arenas

Añisclo y Yaga: Tres Sorores y Tres Marías
Un lugar perfecto para contemplar las Tres Sorores y Tres Marías, y los valles de Añisclo y Ordesa, es ascender en vehículo desde Nerín hasta Cuello Arenas. En verano se puede recurrir a los minibuses previo pago, pero generalmente, durante el invierno es posible subir con vehículo privado mientras están en funcionamiento las pistas de esquí de fondo. Desde allí, en sólo 30’ o 45’ a pie se alcanza La Estiva, con preciosas vistas al atardecer sobre el Monte Perdido y las Tres Sorores, Tres Marías y Añisclo. En 1h 15’ podemos alcanzar el mirador de Ziarracils, perfecto para ver Ordesa y las Tres Sorores al atardecer. Preciosas son las vistas de atardecer desde Sierra Custodia, con Ordesa y Añisclo a nuestros pies, aunque cuesta casi 2h desde Cuello Arenas.

Otra preciosa vista, mucho más cómoda, a pie de coche, es contemplar el cañón de Añisclo flanqueado por Mondotó y Sestrales desde el ascenso al pueblo de Vió, concretamente desde el alto de Larviesa.

Entre Puértolas y Bestué, una pista asciende a Plana Canal y Sensa, una preciosa atalaya sobre los cortados de Añisclo, donde al amanecer se contemplan bellas estampas con las Tres Sorores y Tres Marías como telón de fondo, especialmente si caminamos hacia las Sestrales. Las Sestrales se alcanzan a 2h a pie desde la cadena que cierra la pista en Plana Canal, y constituyen un espectacular balcón sobre el cañón de Añisclo.

Plana Canal también presenta bonitas vistas de atardecer sobre Castillo Mayor y el macizo de Cotiella-Sierra Ferrera. También podemos desde Plana Canal ascender a Basones, a 1h 15’ a pie, desde donde veremos además el valle del Yaga enmarcado por la Sierra de las Sucas, aunque desde aquí, esta Sierra tiene mejores luces al atardecer.

Peña Llerga y Cotiella desde Puértolas

Antes, durante el mismo ascenso a Sensa en vehículo, la pista nos acerca prácticamente a Cuello Ratón, desde donde también hay buenas panorámicas sobre la Sierra de las Sucas y el Valle del Yaga, de nuevo mejor al atardecer.

Cotiella y sus estribaciones desde el valle del Cinca
Los alrededores de los pueblos de Puértolas y Tella son bonitas atalayas para contemplar el macizo de Cotiella y el resto de montañas propias de su manto de corrimiento, sobresaliendo Peña Llerga y Peña Montañesa con la Sierra Ferrera. Eso sí, se prestan especialmente para los atardeceres.

El Valle de Pineta
El Valle de Pineta, con las Tres Sorores, Tres Marías y la Sierra de las Sucas cayendo vertiginosamente hasta el mismo río Cinca constituye en sí mismo uno de los lugares más espléndidos de todo el Pirineo.

Pineta desde la sierra de Espierba

El amanecer es el mejor momento para contemplar la fuerza de estas montañas, pues las luces se cuelan pronto a lo largo del valle glaciar. El pueblecito de Espierba es un buen comienzo para observar las primeras luces sobre estas montañas. Desde allí, una pista asciende a Diera, otra a la Sierra de Espierba y el collado Sarratillons, ambas con bonitas vistas, pero la más espectacular es la que asciende a La Estiva, que está cerrada al tráfico rodado. En la Estiva, que se alcanza tras 10km de pista y 3h a pie, a unos 2.000 metros de altitud, nos situamos en una atalaya perfecta para contemplar las montañas y el valle. Si no nos atrevemos con el ascenso a La Estiva, podemos subir desde el Parador de Monte Perdido a La Larri y, siguiendo el sendero GR11 subir hasta donde consideremos.

Monte Perdido desde Espierba

Pero si queremos contemplar más de cerca el Monte Perdido y su mítico glaciar, sumido en una preocupante regresión, deberemos ascender hasta el Balcón de Pineta y el ibón de Marboré, en una dura ascensión de 4h que no es posible hacerla con nieve debido a su vertiginosa senda y el riesgo de aludes.

Glaciar de Monte Perdido y Cilindro desde el ibón de Marboré

Un lugar con una vista espectacular sobre Pineta y sus montañas es el Mallo Gran, colgado cual pájaro sobre el valle. Pero para llegar a él es preciso realizar un fuerte ascenso de unas 4h 30’ desde Revilla o desde la pista que asciende por encima del dolmen de Tella.

El valle de Chistau
A través del bello valle de Chistau podemos alcanzar tanto montañas del macizo de Cotiella como del alto Pirineo Axial. Puntos bonitos y muy accesibles para visitar Cotiella son por ejemplo el Ibon de Plan o Basa de La Mora (a sólo 20’ a pie desde el final de la pista). Desde el Ibón se puede ascender a la Peña Mediodía en 1h 45’ más, con bellas vistas sobre el valle, sus pueblos y más a lo lejos las altas montañas de Culfreda, Bachimala y Posets.

Posets o Llardana y los Eriste desde El Montó

Desde Plan se alcanza el collado de Sahún, desde donde un corto paseo de 30’ nos lleva a la Cazanía, con bellas vistas sobre el macizo de Cotiella al amanecer; y también bonitas panorámicas sobre el valle de Benasque y el macizo de la Maladeta.

Existen múltiples puntos para observar los altos macizos del valle: Culfreda, Bachimala, Posets o Llardana y Eriste o Bagüeñola, pero mi favorito es el Montó (2478 m). Para ello ascenderemos a pie desde el hospital de Chistén en 3h 15’ o bien tomaremos el ramal de pista que nos lleva a las bordas de Lisier y desde allí en 2h 30’ a pie alcanzaremos este pico de vistas preciosas sobre el alto valle de Chistau, tanto de amanecer como especialmente de atardecer.

Otra opción es tomar la pista que asciende al ibón de Urdiceto. En las cercanías del ibón se encuentra la Collata Chistén y a menos de 1h el pico de las Tres Güegas, con bellas vistas hacia los macizos de Posets y Eriste y al valle francés de Riomajou.

Técnica
Respecto a la técnica hay poco que contar, lo costoso es estar en el lugar y momento adecuado. Una vez allí, tomar la foto no tiene mucho misterio y menos ahora con el desarrollo de la fotografía digital, en el que tomar una imagen donde las altas luces y las sombras conserven los detalles, es mucho mas sencillo que con las antiguas diapositivas. Eso sí, ajustar la exposición lo mejor posible usando el histograma es imprescindible. En caso necesario, siempre puede realizarse una foto de HDR (alto rango dinámico). Pero en escenas muy contrastadas, yo prefiero por su rapidez y naturalidad usar filtros degradados neutros. Filtros cuadrados, desde luego, para poder hacer coincidir el horizonte con la transición del filtro. Me gusta especialmente el de tres pasos (ND8), el de Cokin da una dominante magenta que puede ser útil en atardeceres y amaneceres, pero como a veces molesta, suelo llevar también uno de la marca Hitech que no da apenas dominantes y también tiene una buena relación calidad-precio.

Bordas de Biadós con el Posets o Llardana al fondo

Tampoco conviene olvidar la utilidad de realizar panorámicas. Si el sujeto es un paisaje lejano, no será necesario usar rotulas panorámicas ni buscar el punto nodal, e incluso pueden valer series de fotos disparadas sin trípode, aunque siempre es aconsejable usarlo. En mi caso, para no cargar con mucho peso, suelo apañarme con un trípode muy pequeño y ligero (Slik modelo Sprint mini gm) y con una regleta ligera como las del flash, con una escala milimétrica pegada que me sirve para corregir una panorámica por el punto nodal (solo vale para series de fotos tomadas con la cámara en posición horizontal, no en vertical).

Solo os animo desde aquí a que disfrutéis de estas bellas montañas y sus profundos valles, que llenan mi mente de tantos y tan buenos momentos, que las contempléis despacio y que os llevéis ese recuerdo plasmado en unas preciosas imágenes.

Autor: Joaquín Guerrero Campo
jguerrero8888@yahoo.es

www.fotoaragon.es

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Fotografiando rayos http://www.asafona.es/revista/?p=2110 http://www.asafona.es/revista/?p=2110#comments Fri, 01 Jul 2011 00:05:22 +0000 Uge Fuertes Sanz http://www.asafona.es/revista/?p=2110

Mi afición a las tormentas viene de hace muchos años, cuando trabajé como vigilante de incendios en una torre metálica elevada en mitad del monte. Muchos fueron las tardes de miedo que pasé allí, con la duda de si bajarme o no, de si meterme en el coche e irme de allí y cosas por el estilo. Poco a poco “aprendí”  sobre como evolucionaban las tormentas, y pongo aprendí entre comillas porque nunca se aprende del todo a predecir lo que la naturaleza es capaz de hacer. Con el tiempo, ese miedo se fue convirtiendo en admiración y los días de verano que invitan a “no salir por tormenta” son algunos de mis preferidos; cojo mi coche y busco lugares desde donde poder observar las evoluciones de los cúmulo nimbos y sus fenómenos eléctricos asociados. Hace poco con la adicción a la fotografía digital, he hecho varias sesiones fotográficas intentando plasmar, aunque nunca es ni parecido, esos momentos.

Consideraciones previas

Antes de iniciarnos en la fotografía de rayos o tormentas, debemos pensar bien en lo que estamos haciendo; yo de hecho no animo a nadie a que lo haga. Es un tipo de fotografía peligrosa, que puede ser o no gratificante pero que tiene malas bromas. La posibilidad de ser alcanzado por un rayo es remota en condiciones normales, pero sube estrepitosamente si vamos a buscarlos. Se aconseja buscar localizaciones en sitios no muy elevados, lejos de tendidos eléctricos y árboles o cinas de alpacas, no usar paraguas para protegernos, no usar trípodes de fibra de carbono, no llevar el móvil encendido, no estar cerca de cursos de agua, mantener una distancia de seguridad prudencial (vale mas recortar luego la foto)  y sobre todo no emocionarnos con el momento sin ser conscientes de los riesgos que estamos corriendo.

Siempre que podamos es mejor estar guarecidos en un sitio cerrado, como un coche o una casa, a ser posible con las ventanas cerradas. Aunque estemos en un sitio metálico (como un coche), siempre y cuando no abramos las ventanillas, estaremos a salvo porque actúa sobre nosotros como jaula de Faraday. Ver post de mas abajo para quitarnos un poco el miedo.

http://www.taringa.net/posts/info/1367996/Jaula-de-Faraday.html

A cazar tormentas

Estamos acostumbrados a ver en la  tele a cazatormentas que se dedican a grabar tornados o fenómenos atmosféricos extremos (afición muy americana y ya importada a muchos países). Conectados a un ordenador podemos seguir las evoluciones de un núcleo tormentoso a tiempo real mientras vamos con el coche buscando el lugar mas apropiado, pero bueno no hace falta ser tan sofisticado  y basta con ver el tiempo el día anterior o mas simple todavía: asomarnos a la ventana y ver que la tarde promete.

Los meses veraniegos presentan una mayor inestabilidad y son los más propicios.

Conviene llenar depósito del coche porque hay veces que para encontrar un lugar propicio, hacemos muchos kilómetros; recuerdo una vez en la que había muchas tormentas simultaneas, avanzábamos hacia una, y sin querer nos metíamos tan dentro que ya era imposible hacer fotos, veíamos rayos unos montes mas allá y lo mismo, y terminamos recorriendo media provincia sin conseguir apenas nada fotográficamente hablando. Por el contrario, algunas tardes en las que las tormentas pasan una y otra vez es preferible no mover demasiado el coche e ir viendo como evolucionan antes de hacer camino.

Es importante esperar desde un sitio alejado y observar unos minutos donde caen mas rayos para elegir el encuadre. Por lo general en el margen hacia adonde avanza la tormenta suele ser el lugar con más inestabilidad y el sitio donde caen mas rayos aunque muchas veces caen en sitios impredecibles. Hay que ser un poco  pacientes con el encuadre elegido y a la vez estar vigilantes por los cambios que se van produciendo.

Medios técnicos

Solo necesitamos un trípode, una cámara con modo bulb, un disparador (si es con disparo en serie mejor que mejor) y si hacemos fotos con luz de día ayudan los filtros de densidad neutra montados sobre un portafiltros. Un soporte de ventanilla, o el trípode montado en la parte trasera del coche, con el parasol montado nos ayudan a no mojar las lentes y en caso de mucho viento es mejor dejarlo y empezar de nuevo pasado el temporal. Los objetivos pueden ser varios: aunque es mas “fácil” componer con un angular también los rayos tienen que caer mas cerca. Con un teleobjetivo haremos una selección de paisaje desde un lugar mas alejado con el inconveniente de que al cubrir un campo menor, es mas difícil que el rayo entre en el encuadre.

Algunos consejos

Si fotografiamos de día, los filtros de densidad neutra (se pueden montar varios), un diafragma cerrado (f11 o mas) y un ISO 100, nos permiten alargar la exposición hasta 1- 3 segundos. Ayudados con un disparador con disparo en serie (yo tengo el canon TC-80N3), podemos darle hasta 100 disparos seguidos, o sea que durante  un minuto o mas la cámara realizará fotos en serie sin cambiar encuadre. Si la temperatura es muy elevada debemos dejar un tiempo entre secuencia y secuencia  para no recalentar el sensor demasiado.

Conforme va cayendo la tarde y la luz se atenúa, las exposiciones van siendo mas largas y pueden alcanzar los 30 segundos o mas, siendo las secuencias de disparo mas cortas. Debemos ir abriendo diafragma para dar mas luz y evitar perdida de calidad por diafragmar demasiado).  A partir de los 30 segundos empezamos a usar el modo bulb de la cámara y cortamos la exposición cuando creemos que en nuestro encuadre ha entrado un rayo.

Las fotos mas espectaculares de rayos que vemos suelen estar tomadas de noche o casi de noche porque el rayo ilumina una zona y todo lo demás queda en semioscuro. No recomiendo iniciarse a este tipo de fotografía de noche porque considero que aun es mas difícil saber la evolución que pueden tener las nubes y moverse sin luz siempre entraña riesgos añadidos. Sin luz debemos enfocar a infinito o usar la distancia hiperfocal(con un angular), y el diafragma variará entre el mínimo del objetivo hasta f8 si tenemos luz parásita de alguna población cercana. Cortaremos la exposición cuando caiga el rayo.

En caso de que parte del cielo este descubierto, se podrán ver las trazas de las estrellas en alguna parte de la imagen y en otras el color rojo anaranjado de los rayos creando efectos espectaculares.

En una tarde tormentosa y tirando con el disparador en modo continuo podemos llegar a tirar mas de mil fotos y capturar tan solo unos pocos rayos que nos proporcionaran pocas fotos “salvables”. La emoción y los momentos vividos a algunos locos por las tormentas nos habrán merecido la pena.

Uge Fuertes Sanz

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Gallocanta, 1978 http://www.asafona.es/revista/?p=2016 http://www.asafona.es/revista/?p=2016#comments Fri, 01 Jul 2011 00:01:29 +0000 Javier Ara Cajal http://www.asafona.es/revista/?p=2016

Primeros contactos.

En una visita al delta del Ebro en el año 1977, unos ornitólogos que contaban flamencos, comentaron que la escasez de anátidas en las lagunas, era porque se estaba cazando todavía, y  que la mayoría de los patos estaban en el mar y en la Laguna de Gallocanta, era la primera noticia de este paraje y ese mismo otoño me acerqué a conocer la zona.

Dormí en el coche a la entrada del pueblo de Gallocanta. La vista al amanecer fue espectacular, el gran lago estaba lleno de vida por todas partes, había miles y miles de patos y otras aves acuáticas posadas en el agua y volando por los alrededores, el sonido de sus cantos, vuelos y chapoteos completaban el escenario. Las concentraciones de aves mas estables se daban en las entradas de agua dulce, adonde acudían a beber y lavar su plumaje.

La madrugada siguiente me escondí en uno de estos lugares, aprovechando un escondrijo preparado para cazar. Había numerosos puestos de este estilo repartidos por toda la Laguna, hice muchas fotos de porrones comunes, patos cuchara y fochas, llevaba un tele Tokina de 400mm y la cámara Cosina, con negativo de color. Al salir, a una prudencial distancia, me estaba esperando un guarda del Icona, no quiso molestar mientras hacia fotos, pero me informó que tenía que solicitar un permiso para moverme por las orillas de la Laguna, también charlamos un buen rato de nuestra común afición a la naturaleza.

Volví a Gallocanta en numerosas ocasiones, con el permiso del Icona, y los guardas siempre me ayudaron muy amablemente, en alguna visita coincidí con el equipo de Félix Rodríguez de Lafuente.

Las fotos de este artículo están tomadas en el año 1978, con diapositiva Kodacrome 64. Comentaban que este invierno había unas 250.000 aves en la laguna. Cuando un bando levantaba el vuelo sobre el agua, el estruendo se oía a varios kilómetros de distancia, a lo pocos minutos pasaba el grupo, que podía estar compuesto por mas de 25.000 patos.

En numerosas ocasiones estos enormes bandos llegaban a los puestos donde esperaba escondido, la masa de aire que movían, el batir de miles de alas sobre tu cabeza y por fin el sonido al parar sobre el agua, te dejaban paralizado y con una emoción difícil de describir. Rodeado a pocos metros por infinidad de aves con sus cantos persistentes, disfrutabas de unas sensaciones muy agradables, mientras intentabas pasar desapercibido haciendo fotografías.

El azafrán.

En aquellos tiempos se cultivaba mucho azafrán por la zona y los habitantes de estos pueblos pasaban horas interminables extrayendo los estigmas de las flores. En los carasoles durante el día y en el bar de Gallocanta por la noche, la mayor parte del pueblo andaba liado con este asunto. En este bar charlaba algunas tardes con el médico de la zona que también era corresponsal de Radio Calamocha, un día le comenté que había estado con un ornitólogo escocés que también andaba tras los patos.  Debíamos ser de los primeros fotógrafos que llegaban por la zona, le gustaba la idea de que no solo acudieran cazadores y dijo que al día siguiente lo comentaría en la radio. Lo escuché en el coche y aun recuerdo que, elogiando la importancia de la avifauna de Gallocanta, comentó que “incluso habían llegado fotógrafos de Escocia y de Sabiñánigo”.

La caza.

En esos años la laguna era un excepcional lugar de invernada de aves, especialmente anátidas, y se explotaba como cazadero, realizándose intensas batidas de patos y otras acuáticas.  Comenzaban al amanecer y durante unas horas se producía un caos monumental, con lanchas motoras movían los bandos, a los que se disparaba desde los puestos de las orillas, el cielo se llenaba de aves asustadas que volaban huyendo de las barcas y los perdigones. Al medio día los cazadores, se reunían en la plaza de Tornos, donde los guardas hacían el reparto de las piezas cobradas.

Patos Colorados.

En la Laguna podíamos encontrar la mayoría de las aves acuáticas de la península y numerosos invernantes, pero la especie mas abundante era el Pato Colorado, formaban bandos de miles de ejemplares, entre los que se mezclaban otros patos buceadores y también de superficie. Había muchas gaviotas y en los inviernos mas fríos llegaban cisnes cantores y otros visitantes del gran norte. Pasaron bastantes años hasta verse algunas pocas grullas por los campos de la zona.

 

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Los glaciares pirenaicos http://www.asafona.es/revista/?p=505 http://www.asafona.es/revista/?p=505#comments Wed, 02 Mar 2011 11:52:47 +0000 Eduardo Viñuales Cobos http://www.asafona.es/revista/?p=505

La alta montaña pirenaica es un mundo aparte, con una naturaleza muy especial. En Aragón contamos con la suerte de conservar todavía algunos pequeños glaciares, hielos permanentes que son vestigio de grandes masas de hielo que miles de años atrás ocuparon las cabeceras de los valles pirenaicos. Entorno a ellos se halla un paisaje prístino de cumbres nevadas, crestas rocosas y morrenas glaciares donde aparece una fauna y flora impropia de estas latitudes: con plantas boreo-alpinas como la Androsace ciliata, y con aves de climas fríos como la perdiz nival o lagópodo alpino.

Nuestros glaciares son los últimos vestigios helados y móviles de unas pretéritas épocas frías que, parece ser, no volverán. Estas masas de hielo y nieve compactada retroceden en extensión cada año conformando un peculiar elemento paisajístico que es propio de la alta montaña pirenaica. Los glaciares se hallan también en peligro de extinción… pero, en esta ocasión, son el tiempo y el clima quienes deciden su pervivencia en estas elevaciones.

A pesar de ser un elemento paisajístico, se puede afirmar que los glaciares poseen vida. Están vivos ya que cuentan con su propia dinámica natural: en su parte superior captan grandes cantidades de nieve que por acumulación se compactan y convierten en hielo que, por efecto de la gravedad y las fuertes pendientes de las laderas, se desplaza hacia abajo hasta su final fusión y deshielo en la parte inferior.

Fruto de ese desplazamiento por encima de una base irregular, la masa de hielo -considerado un material plástico- experimenta fuertes tensiones que se traducen en la presencia de grandes grietas en la superficie del glaciar, generalmente ocultas por una capa superficial de nieve reciente -llamada “neviza”-. Estas grietas es lo que les diferencia externamente de los neveros que permanecen también en la montaña todo el año, pero que, sin embargo, no sufren movimiento.

Los glaciares son, por tanto, un importante agente erosivo que ha ido modelando y esculpiendo el fondo y las laderas de los valles pirenaicos. Al igual que los ríos, producen los efectos de captación, transporte y sedimentación de materiales rocosos.

Las últimas masas glaciares actuales se localizan en la vertiente central de los Pirineos, donde la cadena alcanza sus máximas altitudes, en torno a macizos que superan los tres mil metros de altitud. En la vertiente sur o española se cuentan poco más de una docena de masas de hielo móviles, todas ellas localizadas en la provincia de Huesca. Al importante conjunto de los Montes Malditos (Aneto-Maladeta), hay que sumar los existentes en las montañas de Balaitús, Infiernos, Marboré, Monte Perdido, Posets y Perdiguero. Algunos de estos glaciares escasamente superan las 5 hectáreas de superficie, que contrastan con el glaciar del Aneto de más de 90 hectáreas. La suma del conjunto total no rebasa las 400 has.

Todo ellos están protegidos por el Gobierno de Aragón bajo la figura de Monumentos Naturales. La última incorporación han sido los glaciares de la cara norte del Monte Perdido. Unas 800 hectáreas del macizo de Treserols, permiten aumentar un 25 por ciento esta superficie protegida, que pasa a ser de 3.190 hectáreas. La cara norte del Monte Perdido es uno de los complejos glaciares pirenaicos de mayor interés, debido a sus notables dimensiones y su especial morfología, así como su disposición en graderío. El glaciar se encuentra por encima de la cota de 2.700 metros y ha quedado dividido, por su dinámica de regresión, en dos áreas: el Inferior y el Superior.

Acantonados en los recovecos de un medio difícil e inhóspito, muchas veces objeto de negras leyendas, los del Pirineo Aragonés son los únicos glaciares que perviven en la península Ibérica, además de ser los más meridionales de toda Europa. El fotógrafo de naturaleza encontrará aquí, tras una exigente caminata, un escenario silencioso y hermoso donde fotografiar algunos de los paisajes y formas de vida más extremos de nuestra región.

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Los Monegros, ¡Únicos, irrepetibles! … seductores http://www.asafona.es/revista/?p=74 http://www.asafona.es/revista/?p=74#comments Wed, 02 Mar 2011 10:06:56 +0000 Jorge Serrano Bolea http://www.asafona.es/revista/?p=74

Una de las comarcas de mayor extensión de Aragón, formada por estepas de yesos (únicas en Europa) en planicies inabarcables de horizontes infinitos. Y en medio, de Noreste a Suroeste una sierra que la atraviesa como una espina dorsal. No muy alta, pero tan poblada de sabinas, que le dan esa tonalidad oscura, a la que al parecer debe el nombre la comarca, “Montes negros”… ¡Monegros!.

Una sierra  de no mucha altitud, 833 mts. en San Caprasio y Monte Oscuro, pero suficiente para enriquecer su biodiversidad al conformar paisajes y ecosistemas muy diferentes a los llanos semidesérticos que la rodean. Una sierra que lejos de dividir la comarca, actúa como nexo de unión entre los pueblos de dos provincias que la integran y que siempre tienen a estos montes como referente de su campo visual, los de Zaragoza al sur y los de Huesca al norte. Sierra con tan buenas vistas desde sus crestas que en los días claros parece unirse a los Pirineos por el norte, casi tocando sus cumbres nevadas, y al sistema Ibérico por el sur, con el majestuoso Moncayo que casi parece otra elevación más de la llanura monegrina de tan cerca que se ve.

Sierra de fuertes contrastes, entre la cara sur, árida, seca, y de vegetación raquítica, con especies como la globularia, o la jara romerilla, tan especializadas que han sido capaces de adaptarse, además de a la sequía, a la pobreza de los yesosos suelos. Nada que ver con la vegetación de la cara norte, en cuyas laderas medran quejidos y arces y que esconden entre los más abrigados y húmedos rincones especies como durillos o madroños, cubiertos en ocasiones por frondosas hiedras, un tipo de vegetación que nadie esperaría encontrar en una zona de tan duras condiciones climáticas. Pero sobretodo es de destacar las incontables sabinas que forman bosquetes a lo largo de toda la sierra.

Especie arbórea cuyo hábitat natural se sitúa siempre a mayor altitud y que debe su presencia en estas tierras a ese curioso fenómeno de la “inversión térmica” que provocado por las persistentes nieblas, tan frecuentes en toda la Depresión del Ebro, hace que se den mejores y más suaves condiciones en las partes altas de la sierra, recalentadas por el sol, que en la banda comprendida entre los 400 y 600 metros, en los que la niebla no deja penetrar a los rayos solares. Niebla que cuando se hiela da lugar a sorprendentes paisajes de plantas recubiertas de blanco por el conocido “dorondón” o “cencellada” cuya blancura cristalina a nadie deja indiferente.

Sierra que pese a su baja altitud guarda en su interior recónditos barrancos de inaccesibles paredones como los de Escorihuela al norte en Robres o los del Bujal al sur en Monegrillo. Escarpes donde campea el “Gran duque” o Búho real que encuentra en estos rincones uno de los pocos hábitats adecuados para su especie, a veces conviviendo con alguna pareja del cada vez más escaso “Alimoche”  visitante estival y nidificante en estas latitudes.

Y rodeando estos barrancos el bosque, de pinos y sabinas principalmente, y en los de mayor porte al abrigo de alguna ladera la reina de las rapaces, el Águila real, nidificante en la sierra pero que campea por el llano en interminables vuelos de caza, a veces siguiendo la estela de las matas y arbustos de los barrancos, que cuando aparecen cubiertas de blanco por el dorondón, parecen serpentear en lento descenso desde la sierra hacia el llano que atraviesan en dirección a algún río.

Tierras de Monegros siempre en busca de ese agua, tan necesaria como escasa y tan deseada que hasta hecho surgir en la Comarca toda una “Cultura del agua”. Balsas, balsetes, pozos, depósitos, aljibes y otras diferentes formas de aprovechamiento del preciado líquido que salpican el territorio como si formasen parte intrínseca de los suelos donde se ubican.

Pero no solo el hombre ha sabido adaptarse a este medio tan hostil. Especies de aves tan singulares como la escasísima Avutarda, encuentran acomodo en estas áridas llanuras, siempre acompañadas de otras aves con parecida capacidad de adaptación: Sisones, Gangas y Ortegas, que junto a multitud de pequeños alaudidos son capaces de sobrevivir a veces con el escaso aporte del rocío nocturno.

Aves  de largos cuellos, ideales para otear sobre la vegetación de estos montes siempre de escaso porte, con plantas muchas veces emparentadas con las de territorios tan alejados como el norte de Africa o las estepas asiáticas, pequeños arbustos como tomillos y ontinas tan aromáticos que impregnan al paseante de ese intenso“olor a monte” tan característico de la estepa.

Y elevándose sobre estas llanuras, rompiendo esos horizontes sin fin aparecen, como mostrándose al observador, formas tan sorprendentes como los “Torrollones”  ayer rodeados de secano, hoy inmersos entre nuevos regadios, o los no menos curiosos “Sasos”, esos que parecen grandes “flanes” dispersos por la llanura. En cambio, como escondiéndose de la vista de los curiosos, encontramos las hondonadas salinas de Bujaraloz, ¡Las Saladas!.

Pequeñas balsas de escorrentía, casi siempre secas y cubiertas de sal, pero con significados endemismos tanto en fauna como en flora. Especies únicas en el mundo como el crustáceo Candelacypris aragónica, capaz de multiplicarse en esas aguas saladas cuando se dan unas determinadas circunstancias o plantas como el Halopeplys amplexicaulis única planta capaz de crecer en medio de alguna de esas cubetas saladas o el curioso Microcnemum coralloides en los bordes.

Y que decir de la Laguna de Sariñena, ésta de agua dulce, uno de los principales humedales de la Península en donde se reúnen multitud de aves acuáticas y limícolas, destacando especialmente en invierno cuando acuden multitud de invernantes venidos de toda Europa. Además de contar con la mayor colonia de cría de España de un ave tan escasísima como el Avetoro, cuyo “mugido” se escucha entre los carrizales de forma repetitiva en primavera.

Pero hay que destacar que Monegros, más que cualquier otra comarca, es tierra de aves, porque a la riqueza y variedad de sus especies propias y de la abundancia de invernantes hay que contar con las aves de paso que sobrevuelan y hacen paradas en estos territorios. Porque todas las aves que cruzan la Península en sus viajes migratorios subiendo desde África por el Estrecho tienen que sobrevolar Monegros para continuar viaje hacia los Pirineos, lugar de paso hacia el norte de Europa.

Se da, además, la circunstancia de que tanto vegetales como animales están, casi siempre, accesibles a nuestra contemplación y observaciones por ser un territorio relativamente llano y con pocos accidentes geográficos que impidan el seguimiento de cualquier especie, lo que hace las delicias de cualquier fotógrafo que descubre,  además, como sus luminosos cielos permiten extraer todo el jugo de sus macros y teleobjetivos.

Una comarca que atrae a investigadores de todo el mundo porque se siguen descubriendo nuevas especies de insectos desconocidos hasta ahora para la ciencia. Sólo en la última década han sido descubiertas más de cien nuevas especies.

Una comarca que hace las delicias del visitante siempre sorprendido con las variaciones coloristas que aquí se alternan al ritmo de las estaciones: blanco de dorondón en invierno; verde de cereal en primavera;  amarillo de rastrojos tras la siega y ocres de unas  tierras que en otoño aguardan la sementera. Y todos estos contrastes se contemplan en la inmensidad de las interminables llanuras, confundiéndose muy a lo lejos con el sol que se oculta en el lejano horizonte y que al refractarse sus rayos en el polvillo suspendido de las bajas capas de la atmósfera, dan lugar a puestas de sol, únicas, bellísimas e irrepetibles… “monegrinas”

Una comarca que el cierzo limpia de contaminación; que la escasez de lluvias provoca explosiones florísticas cuando se dan las condiciones optimas; que te envuelve con sus intensos aromas en cuanto penetras en ella; y que al pasear por sus llanuras te obsequia con el canto de las aves cuyos trinos resuenan acompasados en la soledad de los terrenos sin fin.

Componiendo todo ese conjunto una invitación a visitarla, una invitación a vivir intensamente todos esos contrastes que hacen disfrutar al excursionista y que emocionan a los estudiosos de la naturaleza, porque cuanto más se conocen, los Monegros, aún son (¡más únicos, más irrepetibles!… y por supuesto, más seductores)

Textos: Jorge Serrano
Fotografías: Jorge Serrano y  F.Javier Fdez Bordonada

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Ordesa, las cuatro estaciones de la venerable selva de los Pirineos http://www.asafona.es/revista/?p=415 http://www.asafona.es/revista/?p=415#comments Wed, 02 Mar 2011 09:10:04 +0000 Javier Ara Cajal http://www.asafona.es/revista/?p=415

Los comienzos

El valle de Ordesa es declarado parque nacional en 1918 como respuesta a la labor divulgativa y conservacionista de los primeros pirineistas, entre los que destacaron por su lucha tenaz y comprometida, Lucien Briet y Pedro Pidal. Fue el segundo de los parques nacionales españoles, Covadonga se adelantó en unos días, en principio la declaración afectaba a las 2.100 hectáreas de la cuenca del río Arazas, entre la cascada de la Cola de Caballo y su desembocadura en el río Ara, limitado lateralmente por las impresionantes murallas calcáreas del cañón.

La condición de Parque Nacional contribuyó a divulgar la fama de Ordesa y poco a poco fue creciendo el número de visitantes, al mismo tiempo que se incrementaron los estudios y publicaciones sobre sus riquezas naturales. A medida que aumentaba el conocimiento de los tesoros de Ordesa, entre los naturalistas y responsables del Parque, iba creciendo la convicción de que era necesario ampliar los límites del Parque Nacional, hasta abarcar todo el conjunto de valles por donde discurren las aguas procedentes del macizo de Monte Perdido. En la década de los setenta, se realizaron numerosos estudios encaminados a conocer su fauna, flora, hidrológica, etc, así como las repercusiones sobre los pueblos habitados que serian afectados por la ampliación.

Fue en 1982 cuando se extendió la superficie protegida hasta las 15.608 hectáreas con que cuenta en la actualidad y pasó a denominarse Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido.

El primer fotógrafo que se enamoró de las bellezas de Ordesa fue Lucien Briet, quién llegó a este valle por primera vez en 1.891 y a partir de entonces se convirtió en una dulce obsesión para él, en las dos décadas siguientes volvió en numerosas ocasiones. Allí se encontraba con nobles franceses que recorrían aquellos parajes como si fueran los primeros exploradores de estas montañas, con cazadores ingleses que ascendían por los riscos para abatir sarrios y bucardos, y con pastores procedentes de los pueblos de la zona. Tenía el francés una buena cámara de placas, precisa y pesada, con la que realizó mas de 1.600 placas de cristal, captaba imágenes de las cascadas, riscos, bosques y personajes de su querido Valle, al que él llamaba “la venerable selva de los Pirineos”.

Anotaba todo lo que veía y las sensaciones que los paisajes dejaban en su alma sensible. En invierno ordenaba sus materiales, revelaba las fotos y escribía artículos para los boletines que editaba el Club Alpino. Una placa con su rostro, en un discreto paraje a la orilla del río Arazas, le recuerda como el más célebre cantor de este parque.

Cada estación tiene sus atractivos y condicionantes. En primavera contrasta el frescor de las hojas recién salidas de las hayas con los neveros que todavía persisten en las umbrías del valle, mientras una flora excepcional crece en los lugares mas protegidos; por otra parte, muchos senderos todavía son impracticables a causa del hielo y la nieve, algunos años los peligros de aludes son muy persistentes.

El verano es el mejor momento para conocer las rutas de alta montaña con seguridad, la climatología es más estable y ha desaparecido la nieve con los problemas que suele plantear, el calor genera algo de calima en la atmósfera, pero también propicia la aparición de nubes tormentosas que adornan el paisaje. Sin duda la estación mas atractiva de Ordesa es el otoño: los bosques se llenan de colores, las primeras nieves ya cubren los picos mas altos y el sol del atardecer ilumina las paredes orientadas al sur con sus mejores ángulos.

Pasear por el bosque de las hayas bajo la cálida luz tamizada por las hojas, es un placer para todos los sentidos, que no deberíamos perdernos, obsesionados a veces en mirarlo todo a través del objetivo de nuestra cámara.

 

Durante el invierno se reducen las posibilidades de moverse por el Parque, el día es muy corto, la luz escasa, todo parece dormido y la austeridad se apodera de estos valles, pero las copiosas nevadas desafían a plasmar los atractivos de un paisaje en blanco y negro. Hay pocos visitantes y si tenemos la fortuna de ser sorprendidos por una nevada mientras caminamos por sus bosques, la experiencia resultará inolvidable.

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